Amantes de lo bello y lo bueno: Civilidad y buen gusto en la “feliz experiencia” (Buenos Aires, 1820-1827)

Consolidar un nuevo orden político-institucional al tiempo que realizar una transformación modernizadora de la sociedad fueron los objetivos que guiaron el accionar del gobierno de Buenos Aires durante el período 1820–1827. Así, en la esfera de las “bellas artes,” la actividad musical fue aquella que, de forma conjunta con la esfera literaria y teatral, tuvo mayor impulso. Al tiempo que se inauguraron espacios dedicados a la cultura musical—la Academia de Música (1822), la Escuela de Música (1822), la Sociedad Filarmónica(1823)—se promocionó activamente la formación de compañías musicales en el teatro Coliseo Provisional y se buscó que arribasen músicos extranjeros. Pero la ambición política de reformar costumbres y hábitos sociales no sólo supuso la consolidación de nuevos espacios y prácticas sino que, de forma complementaria, conllevó la configuración discursiva de un estándar normativo de “buen gusto.” La convicción política de reformar las conductas de los ciudadanos para elevar a la ciudad de Buenos Aires hasta convertirla en un caso “ejemplificador” coincidió con la idea de que el buen gusto en las artes contribuiría al progreso de la “moral” y del “bienestar” del individuo. Pero, por sobre todo, se esperó que la idea de promover el buen gusto contribuyera al progreso colectivo de la sociedad: al tiempo que habilitó atributos y capacidades derivadas del pleno ejercicio de la razón, canceló aquellas que, según consideró la crítica, obstaculizaban el camino hacia un nuevo orden político-institucional moderno. En este marco, el presente trabajo indaga en torno a la referencia—no siempre explícita—que se hizo al “hombre de buen gusto” durante el período rivadaviano. Para esto, se propone mostrar cómo mediante la propaganda y crítica musical y las actas de policía se construyó una doble acepción de buen gusto: una, vinculada a la práctica y escucha musical en sí misma; y otra relacionada las pautas de civilidad. Si bien se plantean como dos aspectos de análisis separados, en su uso discursivo fueron instancias conceptuales complementarias que buscaron lograr la tan anhelada civilidad. A su vez, esta problematización muestra que dicha construcción constituyó una estrategia discursiva del gobierno —y más específicamente del grupo rivadaviano—en pos de prescribir, de forma normativa, cómo se debía sentir, pensar y actuar en lo que se presentaba como un régimen moderno. Siendo la razón aquella que debía actuar como filtro de los sentimientos generados por una experiencia estética, tanto la sanción de hábitos y costumbres, la crítica de géneros y estilos musicales como el reconocimiento de las virtudes de instrumentistas y cantantes constituyeron juicios de buen gusto. Pero de forma complementaria el buen gusto refirió a las buenas formas, a los vínculos de interacción que legitimaron a la élite como grupo portador de la civilidad y, en consecuencia, encargado de concretar la modernización de una sociedad portadora de rastros de la experiencia colonial y del período revolucionario. En consecuencia, al tiempo que se erigió a la cultura musical como una actividad cuyo consumo generó distinción, ésta no se basó en prácticas y códigos propios de antiguo régimen. Contrariamente, el buen gusto se sirvió de un juicio que se presentó con ambiciones de ser universal en tanto se accedía a él mediante el uso de la razón. Sin embargo, los límites del proyecto modernizador propuesto por el rivadavianismo no sólo se advierten en la conceptualización de la elite porteña como el legítimo poseedor del buen gusto sino en la imposibilidad de hacer extensivos los juicios del gusto a los sectores subalternos, aún incapaces de domar la primacía de los sentidos y emociones. Poco tiempo más tarde, el desplazamiento de la razón y la supremacía de los sentimientos normaría el ideario que predominó durante el siglo XIX: el romanticismo.