Ópera y civilización en el México del siglo XIX: El caso de la temporada de ópera de 1854

Las élites políticas y económicas de México y otros países de América Latina a mediados del siglo XIX sentían una verdadera obsesión por avanzar en la ruta que va de la barbarie (representada por el pasado indígena y colonial) a la civilización (identificada con los países más desarrollados de Occidente, específicamente con Europa). Y es que el estado alcanzado en el proceso civilizatorio era, en el discurso producido y reproducido por la prensa de la época, la principal fuente de orgullo, de identidad y de conciencia nacional. (El concepto de “civilización” que se utilizará aquí es el desarrollado por Norbert Elías en su libro El proceso civilizatorio.) Una nación que no fuera civilizada era, por decirlo llanamente, una nación fracasada. Por varias razones que expondré en la ponencia, la ópera ocupaba, para los miembros de dichas élites, una posición central en esta obsesión. Para ellos, las acciones de producir, escuchar y apreciar debidamente la ópera (y, sobre todo, pagar los altos costos que ello todo implicaba) eran al mismo tiempo factor y producto, causa y consecuencia, catalizador y síntoma del proceso civilizatorio en el que estaba embarcada la sociedad. Las élites abrigaban serias dudas respecto al grado de civilización alcanzado por la sociedad. Por lo anterior, presionaban al Estado para que vigilara, controlara y mejorara las costumbres de los empresarios, de los artistas y, muy especialmente, de los espectadores. El objetivo era obligarlos a guardar durante el espectáculo “el silencio, el decoro y la circunspección correspondientes a un público civilizado,” como decían los reglamentos teatrales de la época. Quienes no quisieran o no pudieran seguir sus normas quedarían excluidos del proceso. Y es que, en el imaginario de los grupos de élite, para pertenecer plenamente a la nueva nación —si se quería que ésta tuviera éxito—sus miembros debían ser “civilizados” y el teatro era la escuela de civilización por antonomasia. Para ilustrar esta idea, emplearé como caso de estudio la temporada de ópera de 1854, año en que dos compañías rivales contrataron para actuar en la capital mexicana algunos de los artistas líricos más famosos del mundo (empezando por la celebérrima soprano alemana Henriette Sontag). Dicha temporada ofreció a los habitantes de la ciudad de México la oportunidad de disfrutar de un espectáculo equiparable, por su calidad, a los que se ofrecían en las grandes metrópolis de Europa y demostrar así el estado que habían alcanzado en el proceso civilizatorio. Pero para ello tendrían que pagar costos altos y hacer sacrificios importantes. Más que una competencia entre dos compañías, dos divas, o dos teatros, la llamada “cuestión de Oriente,” representó para el público mexicano un dilema entre dos cursos posibles de acción, tanto individual como colectiva. Las dramáticas circunstancias de ese año no dejaron abierta la posibilidad de caminos intermedios: se trataba de asistir o no asistir a la ópera, comprar o no comprar un abono, avanzar en el camino de la civilización o retroceder hacia la barbarie. Según se argumentará en la ponencia, el trágico finale del drama de 1854 fue percibido por las clases medias y altas de la ciudad de México como un símbolo de su propio fracaso, o, más bien, como un fracaso del Estado para hacer avanzar a la sociedad en su proceso civilizatorio. No parece imposible que el sentimiento de culpabilidad, vergüenza y desencanto colectivo contribuyera de forma trascendental —junto con otras dolorosas desilusiones sufridas en esos años—al desprestigio que sufrió la dictadura de Santa Anna, ante los ojos de las élites urbanas. Esta desaprobación por parte de un sector de la población numéricamente reducido, pero de gran visibilidad e influencia, a su vez, fue un factor crucial en el cambio de régimen político y en el relevo generacional en los ámbitos de poder que tuvieron lugar en México a partir de 1855.